Televisión

Lydia Lozano abandona Telecinco humillada y Terelu pide respeto para las personas... ¡Desde Sálvame!

La defensa de la dignidad de las mujeres no se mide en Telecinco con idéntico rasero: no es lo mismo ser Rocío Carrasco que Marta Riesco, Olvido Hormigos, María Teresa Campos o Lydia Lozano. A la vez que Terelu pide ayuda al Gobierno para proteger a su madre de los medios, Lydia Lozano es humillada durante varios días en directo y abandona Sálvame.

"Adiós, hasta siempre", dijo la pobre mujer a la que le ha tocado el turno de ser humillada. Una de las estrategias del vespertino de Telecinco que presentan Jorge Javier Vázquez, Adela González, Terelu Campos o María Patiño es vertebrar buena parte de su propuesta de contenidos utilizando a sus propios muñecos como personajes a los que vapulear. 

Esto no es nuevo pero últimamente se están empleando a fondo. Carmen Borrego, Kiko Matamoros, Kiko Hernández, Terelu Campos, la propia María Patiño y ahora Lydia Lozano son algunos de los que han arrastrado sus culos por el lodazal del que cobran desde hace años. No solo disparan desde el programa contra ellos: sus familiares o personas queridas son arrollados en ese tsunami que monta la jauría mediática programada en esa especie de escaleta infernal que conforma la realidad paralela de Mediaset, ese universo efímero, estrafalario y a menudo indecente que busca retener ante el televisor al mayor número de incautos.

Gente que no tiene nada que perder

Decía la fallecida Mila Ximénez, parte de ese circo hasta poco antes de fallecer, que Sálvame era un programa hecho de gente que no tiene nada que perder. La definición de aquella inteligente periodista tiene parte de verdad. Tal vez quisiera decir que a los guiñoles que conforman esa verbena tan pringosa como eficaz no les quedaba dignidad porque la habían entregado en sus contratos a La Fábrica de la tele. Eso, salvo contadísimas excepciones, convierte en personajes a los contertulios. Una de las ventajas es que por muchas barbaridades que se digan de ellos en pantalla no pueden querellarse contra la televisión que les da de comer porque les saldría más caro quedarse sin trabajo que ganar en los tribunales a quienes dicen que han sido infieles o que han hecho cosas terribles, sean verdad o no.

Lydia Lozano, que tiene 62 años, ha sido estos días el juguete del programa. La operación orquestada contra ella y su marido pone en cuestión la fidelidad matrimonial de la periodista. Con la percha de la asistencia de Lozano al putiafter de Froilán Marichalar Borbón se han confeccionado horas de programa. Las escaletas empezaron encargando a Carmen Alcayde (supuestamente amiga de Lydia y su marido) que encendiera la mecha. Que sí, que no, que todo lo contrario... Casi todo estaba preparado, como siempre: la prueba es que, minutos después de soltar la bomba de turno, aparecen testigos enmascarados que aportan testimonios escabrosos sobre la presencia de Lydia Lozano, con o sin su marido, en esa sauna que no sabemos a qué huele pero que apesta.

Lydia llama por teléfono al programa: grita, llora, está fuera de sí y todo queda canibalizado por la máquina de picar carne humana que es Sálvame. Ya tenemos el tema de la semana. Al día siguiente, acude al plató para defender su honra, para negar, para desenmascarar, da igual. Le sacan testimonios, todo el mundo opina sobre si se ha dado homenajes ella en el local de intercambio o no, sobre si ha sido infiel. Aparecen testigos, los someten a máquinas de la verdad supuestamente infalibles, pasa de todo. Y en un momento dado, Lydia Lozano estalla, dice que ha llegado a su límite. Que lleva días aguantando las informaciones del programa sobre sus supuestas visitas a Sodoma y Gomorra. Ella misma lo ha negado pero al plató ha acudido un tipo que dice haberla visto hasta en cuatro ocasiones. "¿Viste salir despeinada a Lydia de una de las habitaciones del club de intercambios?", preguntan al testigo. "No lo voy a aguantar, esto es un puto cachondeo, yo me voy a mi casa". El nombre ficticio dado al testigo protegido que dice haber coincidido con Lydia allí es el de Apolo, el dios griego que amenazaba desde lo alto de los cielos, identificado con la luz de la verdad. En realidad estamos ante un hombre, pintado hasta las cejas, que le aseguraba a María Patiño haber estado anteriormente en televisión. El espacio aseguró al principio que esa tarde veríamos su rostro pero mintieron.

Lydia niega lo que puede y sostiene que solamente acudió al local donde desalojaron a Froilán una sola vez, invitada a un cumpleaños y estuvo poco más de una hora. Aparece también su amiga Ruth Sanz, relacionada en su día con Iker Casillas, habla con el programa y les confirma que Lydia y su marido, Charly, acuden a estos locales. 

Luego ocurre lo de siempre: sus compañeros tratan de calmar a Lydia, al borde del ataque de ansiedad, y a restar importancia a las acusaciones. "No me lo puedo tomar a cachondeo, joder. Ya está bien, hombre. ¿Si os pasara a vosotros cómo estaríais?", responde ella. La escena se alarga: la cámara rebaña el momento y sigue a Lozano hasta los baños, acompañada por los otros guiñoles. Pero ella no regresa al plató. "¡Hasta siempre!", dice. Esto lo hemos visto docenas de veces con otros muchos, puestos en barbecho más o menos tiempo para luego regresar dispuestos a que sigan meándose encima de ellos a cambio de dinero. Mientras esto ocurre, Terelu Campos, una de las presentadoras del formato, pide respeto de los medios hacia las personas por unas fotos de su madre por la calle en un estado de salud muy delicado. Tal vez tenga algo de razón. Tal vez tenga que cambiar de trabajo.

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