Televisión

'Tokyo Vice', una mezcla de policías corruptos, mujeres misteriosas y delincuentes sin limites que se queda a medio gas

La serie Tokyo Vice, de una temporada y ocho capítulos, que se emite en HBO, es una versión libre del libro de Jake Edelstein, el joven periodista de una familia judía de Missouri, de solo 24 años, cuando es contratado por el diario japonés de mayor tirada, en la sección de sucesos.

Se centra en el periodo de finales de los años 90 en Tokyo y narra las vidas diarias cruzadas del periodista -Ansel Elgort-, el policía del departamento de anticorrupción que le adopta y le guía en el inframundo de la capital, Hiro Katagari, interpretado por Ken Watanabe, Sato el miembro de la 'yakuza' que aparece en todas las movidas -Sho Kamasatsu- y su parej , Samantha -Rachel Keller- una chica de buena familia americana que trabaja, eficazmente, como chica de compañía en el clásico bar nocturno frecuentado por los gánsters y que aspira a montar su propio negocio rompiendo las normas que no pueden ser escritas. Entre el bar, la redacción, los lugares de reunión de los 'yakuzas' y la calle, se desarrollan la mayor parte de las escenas.

El trepidante y prometedor inicio con un primer capítulo dirigido por Michael Mann -Miami Vice- nos presenta un Tokyo variado y fascinante; en mi opinión la ciudad más interesante del mundo, entonces y ahora, y unos personajes de gran poder. Los inevitables tópicos de racismo y misoginia de la sociedad japonesa se aceptan como "exigencias del guion".

El ambicioso Edelstein -más allá de lo correcto en Japón- empieza a investigar por su cuenta un par de muertes sospechosas ligadas a una empresa dedicada al prestamismo. A pesar de que sus compañeros y superiores le advierten de que lo deje, él continúa hasta que descubre que en Japón no hay asesinatos si no los define así la policía: "El asesinato es una definición que corresponde solo a la policía", le advierte el redactor jefe.

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Elgort aprendió japonés, lo que da un buen ritmo a muchas escenas, pero su aspecto querúbico y su ausencia de carisma le va quitando protagonismo según avanza la serie. Lo contrario ocurre con el gran Watanabe -El Último Samurai- que se va apoderando de la cámara a medida que esta progresa.

Las notables escenas callejeras nos presentan fielmente esa mezcla, aparentemente imposible, de barrios ultramodernos con otros de casitas bajas -a veces coexisten- que parecen anclados en el siglo XIX. Todo dentro de la limpieza exquisita de esa ciudad, imposible en otras de ese tamaño.

Como también se juntan la educación exquisita y el respeto por la jerarquía con el abuso que hacen de ésta los que la ostentan y la "refinada" pero extrema violencia del submundo local.

Al tiempo incluye el interesante asunto de la convivencia- aparente- de algunos extranjeros en puestos de trabajo que lo permiten, con los locales, que no pueden evitar los numerosos prejuicios respecto a los "gaijines", los que no son de aquí , la fascinación por las mujeres blancas y teóricamente más libres, al tiempo que el recelo hacia las mismas .

Esa mezcla de policías corruptos, mujeres misteriosas -las locales- y delincuentes sin limites no logra atrapar plenamente la atención del espectador. La serie se ha quedado a medio camino entre el cine negro de los años 40 en Hollywood -los diálogos aún siendo buenos no llegan a esa altura- y el "esteticismo" de Miami Vice donde el continente importa más que el contenido.

Los admiradores del país nipón -y creo que somos muchos- disfrutarán con la descripción del día a día de la vida en Tokyo: el exquisito uso del escaso espacio en las viviendas, la variedad y calidad de la comida y la vida trepidante pero ordenada en la calle. Los escépticos se limitaran a pasar el rato.

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