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'The New York Times': la historia del periódico más influyente del mundo

Recientemente The New York Times superó los 10 millones de suscriptores. Por supuesto, la mayor parte digitales y a precios diversos. Es un hito que miran con envidia el resto de las publicaciones y la confirmación del éxito de la apuesta por el 'muro de pago' ante el que se golpean no pocos medios.

En su constante historia de superación el NYT ha demostrado ser una de las instituciones más poderosas de Estados Unidos. Desde su fundación, en 1851, por Henry Jarvis Raymond -también fundador de Associated Press -y George Jones, 'The Gray Lady' ha estado en el centro de algunas de las batallas intelectuales más decisivas en la historia de ese país.

En 1896 un pequeño editor de provincias -del Chattanooga Times- Adolfh -entonces los judíos podían llamarse Adolfh- Ochs lo compró por 75.000 dólares e inmediatamente le puso en la cabecera el slogan que aún permanece: "All the news that's fit to print" un mensaje de imparcialidad que pretendía distanciarle de sus competidores, The New York World y The New York Journal of América, que pertenecían a los dos editores de prensa más poderosos de la época: Pulitzer y Hearst .

Ochs muere en 1935 y le sucede su yerno, Arthur Hays Sulzberger, que da nombre a la familia dominante en el periódico desde entonces. Aunque la empresa propietaria salió a bolsa en 1969, la familia Sulzberger ha conseguido mantener el poder absoluto al controlar las acciones con derechos de voto.

'The New York Times', clave en la libertad de prensa: el caso Sullivan

Al comienzo imitó al Times de Londres con una primera a seis columnas y una presentación sobria. Fue evolucionando lentamente. No publicó una foto en color en portada hasta 1997. A comienzos de siglo se instaló en la calle 43, cerca del espacio que pasaría a llamarse Times Square.

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El periódico ha pasado a la historia de la libertad de prensa como consecuencia de la sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en el caso Sullivan contra el NYT de 1964, que exige al denunciante probar que el medio que publicó la noticia sabía que era falsa o que actuó sin tomar en consideración la verdad o falsedad de esta. La inversión de la prueba y otras exigencias hace que sean escasas las demandas que triunfan.

Esta exquisita defensa de la primera enmienda se puso a prueba unos años más tarde, en 1971, en un caso mucho mas importante, cuando el NYT comienza a publicar los 'Papeles del Pentágono' que ponían al descubierto el juego sucio de Nixon. El Gobierno consigue una orden de un juez federal que paraliza la publicación, que fue recurrida por el Times. Solo unos días después, el Washington Post también emprende la publicación de los papeles por su cuenta. El Gobierno le exigió que parara y recurrió a otro juez que se negó a confirmar esa orden con lo que también terminó en el Supremo, que decidió unir ambos casos.

El 30 de junio de 1971, en una de sus sentencias más conocidas, el Tribunal dictamina que el Gobierno no había pasado la prueba establecida en el caso Sullivan. Es una gran victoria de la primera enmienda, pero no total, al marcar el Tribunal limitaciones en el caso de la seguridad nacional.

El polémico artículo sobre las supuestas armas nucleares en Iraq

Su página más negra es la publicación en 2002 de un articulo de Judith Miller, en primera, en el que aseguraba que el gobierno iraquí estaba desarrollando armas nucleares. Su fuente, el exilado Ahmed Chalabi, también había intoxicado a la CIA. El articulo fue recogido por los medios de todo el mundo y utilizado por Rice, Powell y Rumsfeld para ir a la guerra. Tres años más tarde, Miller fue despedida. Los mas viejos del lugar recordaron que durante los tiempos del nazismo en Alemania, las crónicas de sus corresponsal Guido Enderis estaban sesgadas a favor de Hitler. Cuando falleció, al terminar la guerra, nadie quiso escribir su obituario.

En 1997 la imprenta se trasladó a Queens y los admiradores perdimos la posibilidad de asistir a la maravillosa escena, al terminar el teatro, de los camiones recogiendo los ejemplares del día siguiente para su distribución. Si te acercabas podías oler la tinta del periódico recién impreso.

Fue una más de las medidas de ahorro decididas por la propiedad tras el comienzo de la crisis de la prensa como consecuencia de la irrupción de internet. El NYT se lanzó pronto a trabajar en su edición digital que fue un éxito desde su inicio. Fueron de los primeros en cobrar, desde 2010, con diferentes fórmulas, por el acceso y los que más éxito han tenido.

Mi relación con el NYT empieza en los 80. En aquella época yo era director general de Turismo con un presupuesto de publicidad que se había incrementado recientemente. Como España estaba de moda con la presidencia de Felipe González, el diario estaba muy interesado en nuestros anuncios turísticos para el suplemento de viajes de los domingos.

En un viaje a Nueva York, mi amigo Tim Maby, director de Publicidad del periódico, me invitó a comer con el joven Arthur Sulzberger, el actual presidente del NYT que estaba pasando por los diferentes departamentos y trabajaba entonces en publicidad. Era el clásico neoyorquino de clase alta con un nivel de educación extraordinario y buen conocimiento de la política europea.

Pasados los años, fui destinado como director de la Oficina Española de Turismo en Nueva York. Inmediatamente me relacioné no solo con los periodistas y editores del suplemento de viajes, sino también con los de las secciones de Internacional.

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Esas relaciones me permitieron conseguir que los editores de ese departamento invitaran a varios ministros españoles, cuando visitaban la ciudad, a unos interesantes desayunos de trabajo para 'background information'. Los analistas se comprometían a no citar al ministro en sus reportajes si podían usar la información obtenida. El alto nivel de conocimiento de la política española de los redactores era sorprendente.

El NYT es un periódico 'liberal' en la acepción americana, algo parecido a socialdemócrata moderado en jerga europea. En general apoya a los candidatos demócratas, con algunas excepciones, como Eisenhower y Bloomberg.

A veces esa tendencia puede tener efectos imprevistos. En la campaña presidencial del 2016, la cobertura, en general crítica, de Trump fue tres veces superior a la de Clinton, que además estuvo centrada en la controversia de los emails, lo que contribuyó a la victoria republicana.

'Destination Spain': el libro de España en 'The New York Times'

Al final ya de mi mandato, y a la vista del gran número de artículos de viajes aparecidos en los últimos años, les hice la propuesta de publicar un libro con una selección de los mejores. Me indicaron que me pusiera en contacto con Mitchel Levitas, un histórico del periódico, que, tras su jubilación en la redacción, estaba encargado de operaciones especiales. Sus años como editor del New York Times Book Review lo convertían en la persona adecuada para ese proyecto. Mike, con quien terminé haciendo una buena amistad, vio rápidamente la jugada como el inicio de una nueva área de actividad, como así ocurrió.

Su familiaridad con los grandes nombres de la literatura impresionaba. Paseando con él un domingo nos encontramos en un mercadillo de libros con Philip Roth, con el que charlamos un rato. En otra ocasión me invitó a cenar con Umberto Eco. Tenía cara de estar siempre un poco enfadado.

La introducción se la encargó a Hugh Thomas, a quien traté en nuestros años neoyorquinos. Vivíamos a un par de manzanas de distancia. El libro Destination Spain fue publicado cuando yo ya no estaba destinado en Nueva York, sino en Milán. Lo presentó en Madrid Rodrigo Rato, el mismo que había promovido mi cese en Nueva York.

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