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Charlene de Mónaco, internada en Suiza: ¿es la princesa la variante sudafricana de Lady Di?

Charlene quizá se habría alegrado si Europa le hubiera cerrado las puertas impidiéndole aterrizar en Mónaco, una excusa perfecta para haber permanecido en su tierra natal, alejada de Montecarlo.

Su Alteza Serenísima podía haber sido una de esas viajeras obligadas a quedarse en Sudáfrica por culpa de la nueva variante del covid19, bautizada como Ómicron, dicen que con un terrible poder contagiador, y que se ha hecho predominante en apenas dos semanas, cuando la Delta tardó tres meses.

Pero Cherlene Lynette Wittstock (Bulawayo, Rodesia —actual Zimbabue—, 25 de enero de 1978) tuvo la mala suerte de que hace tres semanas, cuando cedió a la presión monegasca para que regresara al principado, después de seis meses en Durban, a orillas del Índico, no existía la excusa de la variante.

La esposa del príncipe Alberto II había pasado seis meses allí, a 13.000 kilómetros de palacio Grimaldi, y se han dado tantas versiones sobre lo que le pasa que lo suyo se ha convertido en un misterio propio de una película de suspense que podía haber hecho el mismísimo Alfred Hitchcock, el mismo que dirigió a su predecesora Grace Kelly en La ventana Indiscreta, Atrapa a un ladrón o Crimen Perfecto.

Charlène de Mónaco, según la versión oficial, se recupera de su "fatiga física" y mental en una clínica de lujo en Suiza. La princesa, que estuvo a punto de morir en Sudáfrica, según revelaron recientemente fuentes de su entorno, "no solo tiene fatiga física", de acuerdo con las afirmaciones de Alberto de Mónaco, quien confirmó que Charlène no está en el Principado. Se supone que debe recobrarse tras las secuelas físicas y psicológicas que le dejó la infección de garganta, nariz y oídos por la que tuvo que ser intervenida en Sudáfrica, donde este año permaneció aislada más de seis meses, alejada de su familia y ante los crecientes rumores de crisis con Alberto de Mónaco. "Ha comprendido que necesita ayuda", declaró el hermano de Carolina. La princesa regresó al Principado a comienzos del mes de noviembre después de ser intervenida hasta en tres ocasiones. Sin embargo, pese a que muchos pensaban que ya estaría preparada para retomar sus compromisos oficiales, no tardó en hacer las maletas para internar en una clínica de lujo en Suiza. El recuerdo de las depresiones y la bulimia de Diana de Gales es inevitable.

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El nombre del centro en el que se encuentra internada es Paracelsus Recovery, una clínica centrada en tratar trastornos alimenticios, problemas de adicciones, y problemas de salud mental, como la ansiedad o la depresión.

Los tratamientos cuestan entre 95.000 euros a la semana y los 350.000 euros al mes. "No sufre ninguna enfermedad grave o incurable, no es tampoco un problema de pareja. Nuestra pareja no está para nada en peligro, quiero ser claro sobre esto. Se trata de las consecuencias de todas las operaciones que ha sufrido en los últimos meses", explicó este jueves Alberto de Mónaco a Paris Match. "No puedo decir más por discreción. Existe una fatiga, que no es física solamente, y no puede tratarse más que con un periodo de descanso y un seguimiento médico", dice el hijo de Rainero III. Las explicaciones que ha ido dando Alberto de Mónaco han sufrido más mutaciones que la versión africana de Covid, la que ha dado la vuelta a las bolsas y puesto en peligro la deseada recuperación económica. Las distintas versiones que han ido contando levantan sospechas de que algo pasa con Charlene. Raro, raro, raro. Eso es tan obvio que no hace falta explicarlo. En el trasfondo, y ante la falta de respuestas convincentes que expliquen fehacientemente qué le pasa a la ex nadadora olímpica, tenemos la extraña relación entre la princesa y su marido, la falta de cariño mutuo y de complicidad que exhibían cuando aparecían juntos en público, la mirada siempre perdida y triste de Charlene, el complicado pasado sentimental del príncipe Alberto, con hijos bastardos por ahí desperdigados, la frialdad que se percibe entre la sudafricana y sus cuñadas.

Diana de Gales

Dicen que la historia se repite. Y son muchos los que encuentran en la historia de Charlene de Mónaco ciertas similitudes con Lady Di, la princesa consorte de Gales fallecida hace casi un cuarto de siglo en el túnel del Alma de París cuando solo tenía 36 años. Ojalá que la lista de paralelismos entre estas dos mujeres no se complete con un destino trágico para la sudafricana. Pero las depresiones, desasosiegos, la infelicidad, la pérdida de identidad y la falta de autoestima e insatisfacciones, unidos a la presión mediática que oprime el día a día de las princesas cuché, son como traviesas de unas vías que podrían conducir al mismo lugar. 

Diana Spencer no pudo soportar el desprecio de su marido, enamorado de otra mujer. Tampoco aceptaba las rígidas normas palaciegas de los Windsor. Las relaciones con las familias de sus maridos no se pueden calificar de armoniosas en ninguno de los dos casos. Con el agravante de que Diana siempre fue 'la otra' para el príncipe Carlos. Aunque ella fuera la madre de Guillermo y Harry, y la legítima princesa de Gales, su esposo siempre estuvo enamorado de la que hoy es su mujer, Camilla Parker Bowles.

Diana acababa de cumplir 20 años cuando emprendió el viaje hacia el desastre, casándose con un príncipe 13 años mayor que ella, pero también con todo el aparato de Buckingham, empeñado en que el heredero al trono de Inglaterra olvidara a su querida Camilla Parker Bowles y contrajera matrimonio con un bellísima joven, sana, capaz de parir príncipes, con una imagen ideal para las revistas y además hija del conde Spencer.

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Carlos conoció a Diana cuando ella tenía 16 años, en noviembre de 1977, llevaba tiempo enamorado de Camilla. Él tenía entonces 29 y estaba saliendo con su hermana mayor, Lady Sarah. El extraordinario currículo de la reina Isabel II contiene una mancha, y es el empeño de vencer al amor, destruirlo por el bien del país, supuestamente, de casar a su hijo con alguien que no fuera la esposa de Andrew Parker Bowles, con quien Camilla estuvo casada durante 22 años y tiene dos hijos. Camilla, que era católica, interrumpió formalmente su relación con Carlos para casarse, pero nunca dejaron de amarse, hasta hoy. Sin duda, Isabel II despreció los sentimientos reales y forzó la boda de Carlos y Diana porque veía en la relación de su primogénito la sombra de Eduardo VIII, duque de Windsor, que tuvo que abdicar en su hermano, su padre, para poder casarse con la socialité estadounidense Wallis Simpson, dos veces divorciada.

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Charlene, 20 años más joven que su marido, nunca pareció ser objeto del amor pasional y sincero de Alberto, hermano pequeño de Carolina (reina él porque es varón), que ya tenía 52 años y dos hijos bastardos cuando se casó con la nadadora. Diana buscó el amor y la paz interior huyendo de palacio y de un hombre que, no solo no le demostraba el menor cariño, sino que la despreciaba y humillaba a diario. Charlene, recordemos, quiso huir de Montecarlo días antes de su boda y la pillaron en el aeropuerto parisino intentando regresar a Sudáfrica.

La tristeza que caracterizaba a Lady Di se refleja hoy en Charlene. La ex nadadora siempre ha vivido rodeada de misterio. No está claro el porqué de su ausencia de tantos meses del principado, ni lo que realmente hacía en su país natal, ni tampoco cuál es exactamente la dolencia que la mantiene internada en un centro de Suiza, separada de su marido y de sus hijos.

Alberto no ha sido ningún santo y tiene a sus espaldas affaires con distintas mujeres e hijos ahora reconocidos que fueron secretos. Acabó admitiendo la paternidad de Alexandre, nacido durante un fugaz idilio con la togolesa Nicole Valerie Coste, y de Jazmín Grace, cuya madre es la estadounidense Tamara Jean Rotolo.

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Nicole Coste volvió a ser portada de Paris Match, en septiembre, el mismo medio donde en 2005 confesó que su hijo Alexander, que ya tiene 18 años, era del príncipe.

La togolesa habló de Charlene. "Teniendo en cuenta nuestros respectivos lazos con el Príncipe deberíamos apoyarnos cordialmente. En nuestra situación la diplomacia debe imponerse", declaró. Ciertas situaciones a lo largo de estos años le han molestado: "He vivido cosas que me han alertado e impactado".

En este sentido, contó uno de los episodios más desagradables que, según ella, vivió su hijo: "Charlene cambió a mi hijo de habitación, aprovechando la ausencia de su padre y le instaló en el ala de los empleados". Esto ocurrió cuando la sudafricana y el príncipe aún no  estaban casados pero sí comprometidos.

Por otro lado, Nicole sostiene que Alberto siempre ha sido un buen padre: "Ha asumido su papel y nunca se ha tenido que llegar a ningún acuerdo económico entre nosotros. Suelen practicar deporte juntos y también hablan de política".

Nacida en 1992, fruto de una de las relaciones extramatrimoniales de Alberto de Mónaco con Tamara Rotolo, pasaron casi 15 años hasta que fue reconocida por su egregio padre en 2006. Jazmin Grace Grimaldi recibe una significativa pensión de su progenitor, la joven alaba a su padre pero el solo hecho de acudir a revistas del corazón es en sí un toque de atención. "Mi padre es una persona increíble. Tiene un corazón muy grande". Y añade: "Estoy particularmente orgullosa de todo su trabajo relacionado con el medio ambiente y sus esfuerzos apasionados por preservar el planeta y los océano", ha declarado esta joven actriz, que quiere seguir los pasos de su abuela, Grace Kelly.

A sus 29 años, la hija de Alberto de Mónaco reside en Nueva York e imita la filantropía de su padre con una publicitada labor solidaria al frente de Jazmin Fund: "La creé cuando tenía 14 años. En noviembre de 2006 me fui de viaje a las islas Fiyi, invitada por un amigo que había montado su propia organización de beneficencia. Juntos hemos aportado mobiliario escolar y material médico en distintas localidades. Y ahora sus habitantes forman parte de mi familia", añade.

Sobre su padre y sus medio hermanos también habla: "Intento ir a Mónaco una o dos veces al año. Para mí la familia es muy importante. Tengo una relación llena de amor con Jacques y Gabriela", asegura, en referencia a los gemelos de Alberto y Charlene. También mantiene relación con Alexandre Grimalde-Coste, el otro bastardo de su padre, nacido en 2003 y reconocido en 2005. Jazmin Grace también mantiene buena relación con Pauline Ducruet, hija de Estefanía de Mónaco y el famoso guardaespaldas.

Sin embargo, la cara B de tan buenas relaciones es que ninguno de los dos bastardos poseen ni pueden reclamar derechos de sucesión al trono: el Artículo 10 de la Constitución de Mónaco así lo estipula. Otra cosa es la herencia a la que puedan optar y que su padre deba mantenerles económicamente. La fortuna de Alberto de Mónaco está cifrada en miles de millones de euros.Tampoco hay en ese pequeño país, tan moderno, igualdad entre hombres y mujeres: la primogénita de Rainiero y Grace Kelly es Carolina pero es una señora, no un señor... 

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"...la variante sudafricana de Lady Di?" Más bien variante monegasca. ¿Qué importa su origen si es princesa de Mónaco?

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