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Mario Conde: el triunfador que tropezó dos veces con la misma piedra

  • Arrogante y severo, así es el lado más desconocido del ex banquero

Personificación del éxito a principios de los 90, el entonces banquero era uno de los hombres más reputados del territorio nacional. Su fama movía montañas y su banco, mucho dinero. Tanto que Banesto se convirtió en la entidad de moda en España. Todo se desvanció en diciembre de 1993 cuando, fruto de una arriesgada gestión, se inició una operación que le arrastró a prisión en noviembre del año siguiente, acabando su carrera temporalmente. Más de 20 años después, la historia se repite.

Nacido en 1948 en la localidad pontevedresa de Tuy e hijo de un inspector de Aduanas, Mario Conde (68) se licenciaría en Derecho por la Universidad de Deusto en Bilbao. Con 24 años, obtuvo la mejor nota en la historia de las oposiciones a Abogado del Estado. Su carrera, no obstante, estaba lejos de las instituciones públicas.

Tras vender por 13 mil millones una farmacéutica junto a su socio Juan Abelló, ambos entraron a formar parte, ayudados por ese dinero, de la cúpula de Banesto. En aquel momento, Conde era el hombre más envidiado de España. "Todo el mundo me hacía la pelota", reconocía hace años durante una entrevista en el programa de Telecinco, La Noria. "Trabajaba mucho pero vivía mejor. Yo llegaba al banco a las 8 y me iba como pronto a las 12 de la noche", alegaba.

Engreído y "un poco chulito", como se definió él mismo, subido al trono de Banesto gozaba de una excelente imagen pública y una relación privilegiada con la monarquía y la Iglesia, se creyó el rey. Precisamente, el monarca Juan Carlos le llegó a decir que era "como un hijo" para él. Sin embargo, años después todo se vendría abajo, comenzando una caída a los infiernos que parece repetirse.

Cuando llegaron los duros momentos, su gran apoyo fue el amor de su vida: Lourdes Arroyo. "Soy un privilegiado por extra tantos años con una mujer tan magnífica. El trozo de espíritu que se encarnó en ella era fantástico, maravilloso". Junto a ella tuvo sus dos únicos hijos: Mario Jr. y Alejandra, también detenidos en el marco de la 'operación Fénix'. Ella siempre fue su ojo derecho, él no tuvo tanta suerte.

Hay una anécdota, contada por el fallecido Julián Lago, director de la revista Tiempo, que refleja la actitud de Mario Conde respecto a sus hijos: "A los postres entraron en el comedor para dar las buenas noches a los amigos de sus padres. En un momento dado se dedicó a comentar las excelentes notas de Alejandra y lo vago y desastre que era el chico. Fue una situación muy delicada porque se le llenaron los ojos de lágrimas ante la humillación que le estaba montando Mario". Lago le reprochó su conducta y el banquero respondió que en su casa no quería blandos, que fuera aprendiendo porque la vida era muy dura.

Haciendo gala de su orgullo y su pose de luchador, en prisión "siguió estudiando y haciendo sus cosas", según contó un compañero de la cárcel del Centro Penitenciario Madrid 2, en Alcalá de Henares, donde ingresó varias veces y en periodos discontinuos hasta 2008, momento en el que saboreó la libertad. "Era Nochebuena, eso tenía más carga emocional. La recuerdo. Hacía mucho frío. Fue el momento más emotivo porque yo había peleado para controlar mis emociones pero abrí la ventana y entró un aire frío, un aire que olía a libertad", recordó el ex banquero sobre el día que abandonó la reclusión.

Dedicado a algunos negocios de aceite, material de construcción y cosméticos ha pasado estos últimos años. Alejado del foco mediático, hasta ahora. Este lunes volvió a ocupar la primera plana de los periódicos. Ha vuelto a ser detenido. En esta ocasión, arrastra consigo a sus hijos, su ojito derecho y a aquel "vago y desastre", como le definía ante sus amigos. Con ellos también ha sido arrestado Fernando Guasch, marido de Alejandra Conde. El hombre que tuvo a España entera en el bolsillo vuelve a prisión. Supuestamente, ha repatriado desde Suiza cerca de 14 millones, dinero que saqueó a Banesto. La justicia se interpone una vez más en su camino. La sombra de prisión, más que conocida para él, se avalanza sobre su figura. Otra vez.

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