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Bernardo Pantoja ruega a su familia que no le dejen abandonado

En la soledad entre las cuatro paredes de la habitación que ocupa en el hospital sevillano Virgen del Rocío, donde lleva ingresado desde hace dieciséis días por problemas derivados de su diabetes, Bernardo Pantoja echa de menos las visitas de la mayor parte de su familia. Su hija Anabel ha ido a verle y se ha convertido en la censora que da el visto bueno de quién puede o no acercarse al enfermo. Así pues, una de las personas non gratas para la pantojita chica es su presunto hermano, Pinocho. Ni le conoce ni tiene la menor intención de conocerle. Le molesta incluso que Bernardo hable del muchacho como un hijo.

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Tampoco es santa de su devoción Magdalena, la hermana de la fallecida doña Ana, ni otras amistades. En este aspecto, a Anabel le ha salido el genio heredado de su tita. A mala leche no les gana nadie. Pero lo más lamentable es que ni Isabel ni los otros dos hermanos, Juan y Agustín, muestran el menor interés por el paciente. Le ignoran y parece ser que no le llaman por teléfono.

Bernardo, a pesar de los pesares, es un hombre sensible, y echa mucho de menos los apoyos familiares. Se siente abandonado, no se esperaba esta nula reacción de los suyos. Ni el cariño que le demuestra a diario su novia japonesa, Junco, consigue aliviar sus penas.

Para más inri, alguien, aún sin localizar, le ha hecho una fotografía dentro del centro sanitario, y pretende negociar su venta. Se sospecha que ha sido una persona de su círculo más íntimo. Dicen que su hija le ayuda económicamente, que sus finanzas están bajo mínimos, que su enfermedad va en aumento, que debería cuidarse mucho más, y mejor. Los médicos ya se lo han advertido: o cambia sus hábitos de vida o puede sufrir males mayores. Su entorno le apremia para que se deje de excesos. Veremos si estos días ingresado le ayudan a recapacitar.

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