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"Le dijo que le pegaría dos tiros": Miguel Bosé recuerda un duro episodio entre su padre y su madre

Miguel Bosé cuenta los días para la publicación de sus memorias, que saldrán a la luz el próximo 10 de noviembre. La editorial de El hijo del capitán trueno, como así se llama la obra, ha difundido un extracto en el que el cantante repasa su infancia, marcada por un padre "todopoderoso" y una madre "arrolladora".

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"Unos niños perdidos a merced de un padre todopoderoso, acostumbrado a que su voluntad fuera ley, y una madre arrolladora de belleza legendaria", se lee al comienzo de la publicación, tal y como recoge Hola.

En su libro, el cantante de Amante Bandido recuerda las duras exigencias de su padre, que quería que su hijo fuera completamente diferente: "¿Y cazar?¿Por qué no te gusta cazar? Si no te gusta cazar, ni pescar, ni nada de esas cosas... dime tú cuándo voy a estar yo con mi hijo. ¡Tiene que gustarte, Miguelón! Tienes que hacerme el favor de que te guste o voy a empezar a pensar que no eres mi hijo, porque de mí, por ahora, que yo sepa, no has sacado nada...", le espetaba el diestro, según expresa el cantante.

Así las cosas, la presión que el padre ejercía sobre el hijo era desgarradora: "Mira, Miguelón, los hombres tienen que hacer cosas de hombres entre hombres, como las mujeres hacen las suyas entre ellas, ¿lo entiendes? Montar a caballo, ir de cacería, pescar y más adelante otras que ya te iré contando. Estoy deseando que cumplas doce años para que te fumes el primer cigarro, ¡coño! El año que viene, si te entrenas con el rifle, bien pero que bien, te llevo de safari un mes entero, tú y yo solos, a la selva de Uganda o a Mozambique", escribe. 

El viaje a África 

Un año después de estas conversaciones entre padre e hijo, que entonces tenía diez años, viajaron a Mozambique para un safari. El cantante recuerda una conversación que Luis Miguel tuvo con un médico: "El doctor don Manuel Tamames entregó a mi padre un frasquito con unas píldoras chiquitas y le explicó que era quini na y que debíamos tomar una cada quince días, es decir, tan solo dos más aparte de la que tocaba al subir al avión, tres en total, y 'que no se te olvide Luis Miguel, son contra el paludismo, y me da igual si tú no te las tomas, pero al niño se las das religiosamente o te mato'".

A continuación, desvela que su padre jamás le dio ninguna de esas necesarias pastillas: "'Que sí, que sí, que no te preocupes Manolo, que no se me olvida, cómo se me va a olvidar, tan irresponsable no soy', le aseguró mi padre. 'Te lo advierto, que como el niño se enferme, se nos va, y te estoy hablando muy en serio, se nos muere'. Y le miró muy de frente, sin cara de broma. Nada más subirnos al avión, mi padre se metió las pastillas en el bolsillo y no sé qué haría con ellas, pero jamás me dio ninguna".

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A raíz de no tomar estas pastillas, Miguel enfermó: "Fue ahí donde, con toda seguridad, agarré el paludismo, lo que hoy se conoce por malaria. Y sin pastilla de quinina, que mi padre no me diera por descuido y olvido, la enfermedad fue lentamente incubándose y para mediados del segundo campamento, en el que nos cruzamos con la tía Paquitina y el tío Fausto, los Blasco de Madrid, también de safari, yo ya estaba visiblemente enfermo".

Pese a encontrarse débil, su progenitor continuó dándole un trato cuanto menos cuestionable: "Recuerdo entreabrir los ojos y ver a mi padre en pie junto a mí, a contraluz, reanimarme con la punta de su bota y decirme: 'Venga, no seas nenaza, levántate y camina como un hombre y déjate de mareos o te vas a enterar lo que es uno de verdad del tortazo que te voy a meter, y basta ya de tonterías' [...] En ese preciso instante, me rendí para siempre. Entendí que nunca conseguiría estar a la altura de sus expectativas, que él nunca estaría orgulloso de mí porque era débil, que nunca iba a quererme, que yo no era el hijo que él esperaba que fuera", recuerda el artista.

Cuando llegaron a Madrid, su madre se indignó por lo ocurrido y se mostró muy preocupada por él: "En el salón de llegadas del aeropuerto de Barajas, mi madre nos estaba esperando. Jamás olvidaré la cara que puso al verme. Descompuesta. No tuve fuerzas para correr a abrazarla. Me fui a Mozambique pesando treinta y muchos kilos y lo que volvió de mí no llegaba a los quince. Tenía la piel adherida a los huesos como un niño de Biafra. Amarillo hiel, de labios cuarteados y enormes ojeras moradas descolgando de dos ojos hundidos y brillantes, llevaba los pantalones cortos atados a la cintura con un pedazo de cuerda que debieron de darme allá, en algún campamento, para que no se me cayeran. Ya estaba gravemente enfermo. Mi madre entró en un ataque de angustia y de ansiedad".

Tras este episodio, la cantante le paró los pies a su marido, de quien se separó en 1967 tras doce años casados: "Mi madre le echó de casa nada más llegar de África y le dijo que no quería verle en el resto de sus días, y que si al niño le pasaba algo, le pegaría dos tiros". El torero, también enfermo, se recuperó "él solo" en Villa Paz, lejos de su mujer y sus hijos.

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ANALISTA DE HECES
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