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El rincón del sollozo de José Ortega Cano en el que solo manda Rocío Jurado

Es un pequeño santuario, el rincón de Rocío Jurado, ese en el que, después de muerta, sigue reinando la más grande. En él se refugia su viudo, José Ortega Cano, cuando los recuerdos le sobrepasan y la nostalgia le devuelve a sus años felices con la chipionera. Es entonces cuando el veterano torero deja fluir las lágrimas sin poder reprimir las añoranzas pasadas.

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Pero no se da cuenta de que lo irreversible no se puede recuperar y que Rocío ya no volverá. Que ahora es Ana María Aldón quien necesita más de sus caricias y besos. La sanluqueña cuenta, con una cierta pena, ya pasó del asombro, que su marido puede pasarse largos ratos escuchando la voz de Rocío, que saborea sus canciones con mimo y que su cara se transforma por la pena.

Es entonces cuando Ana se cuestiona tantas cosas, se pregunta si José le ha dado o no el lugar que le corresponde en su vida. Es duro escuchar a Ortega que la Jurado es la mujer de su vida. Flaco favor le hace con tan rotundas palabras a su esposa actual, no calibra el daño que puede causarle situándola en segundo plano en su corazón. No indicamos con esto que el diestro no sienta amor hacia la madre de su hijo pequeño, que lo siente, pero debe ser muy duro para Aldón entrar en una casa que parece un templo homenaje a la icónica artista.

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El rincón del sollozo es sagrado, pleno de discos y cintas con los temas que encumbraron a Rocío. Su voz suena rotunda, tan rotunda como si siguiera viva, natural, firme y contundente. Ni tiene sucesoras ni nadie que iguale sus logros. Rocío es mucha Rocio, aún después de su muerte.

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