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Luis Enrique, ante su gran reto: el hombre austero y familiar que vive con el recuerdo de su hija Xana

Luis Enrique (51) comenzó este lunes el gran reto de su vida en los banquillos: la Eurocopa 2020. Y eso es mucho decir para un entrenador que alzó la Champions League con el Barça en 2015. El combinado dirigido por el asturiano no pudo pasar del 0-0 ante Suecia, comenzando con mal pie en el campeonato. Tras el partido, no obstante, el exfutbolista mostró su confianza en los jugadores y aseguró que revertirán la situación.

Al igual que este debut, los últimos días no han sido fáciles para el Lucho. Primero fue su discutible lista de convocados y después, la sorpresiva aparición del Covid-19 en la concentración, con los positivos de Sergio Busquets y Diego Llorente. Preguntado por lo complicado de la situación, Luis Enrique tiró de honestidad: "Si queréis que sea sincero, para mí esto es un juego de niños comparado con algunas cosas que he tenido que vivir", dijo.

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Estas palabras hacen referencia al inmenso drama familiar que le tocó vivir a finales de agosto de 2019, cuando recibió la peor noticia de su vida: la muerte de su hija Xana a los 9 años tras una dura enfermedad que le detectaron en marzo de ese mismo año y que le obligó a dejar la Selección española.

Tras la tragedia, Luis se apoyó en su mujer, Elena Cullell, madre de sus tres hijos y gran apoyo desde que se dieran el "sí quiero" el 27 de diciembre de 1997. Por aquel entonces, él era un futbolista famoso de calidad contrastada, rápido, con mucha garra, que llegó al Real Madrid procedente del Sporting de Gijón, el equipo de su tierra, y que terminó en el Barcelona, traslado que la afición madridista no le ha perdonado todavía. Ella, una de las tres hijas de Francesc Cullell, peletero del Baix Llobregat, que estudió Económicas, que nunca ejerció y que conoció al jugador cuando trabajaba como azafata de tierra. Fue un flechazo. Se casaron ante dos centenares de invitados en la basílica de Santa María del Mar y tuvieron tres hijos: PachoSira y la fallecida Xana.

Después de colgar las botas en el Barcelona, Lucho se tomó un año sabático y se fue a Australia a practicar uno de su deportes preferidos, el surf; pero también el running. Quien fuera internacional con España en 64 ocasiones practica el deporte con pasión e igual se inscribe en un iron man que en un triatlón que en la Quebrantahuesos. Es un atleta y se mantiene como si continuara jugando al fútbol en la élite.

Tras la aventura australiana, el Barça le fichó para que entrenara al B. Ahí empezó su carrera en el banquillo, donde lo descubrió la Roma. El paso fue de gigante y no dio los resultados esperados. No obstante, al término de esa temporada nefasta en el Calcio, regresó a España y le contrató el Celta, al que terminó clasificando noveno en LaLiga. En 2014 el Barcelona le echó el lazo. No costó demasiado convencerle. "Me cuesta mucho vivir lejos de mi familia", confesó entonces. Cuando estaba en Vigo vivía a caballo entre la ciudad gallega y la Condal. El matrimonio desestimó la mudanza para no cambiar a los hijos de colegio.

Junto a Elena, sus hijos son los pilares de Luis Enrique. En las tres temporadas que pasó en el banquillo del Barça ganó dos Ligas, tres Copas del Rey, una Supercopa de España, una Champions, una Supercopa de Europa y un Mundial de Clubes. El último año, 2017, 'solo' conquistó la Copa y aunque acabó segundo en el torneo liguero, eso le costó la renovación.

Fue como si el histórico triplete del primer curso no hubiese existido. No fue un drama para él, solo un lapsus en su carrera. En 2015 le nombraron Mejor entrenador del mundo y su reputación y sus éxitos le convirtieron en el octavo técnico mejor pagado del planeta fútbol. Cobraba 7,5 millones netos por temporada, suma a la que añadía las primas por objetivos alcanzados (títulos), total, unos diez millones anuales netos.

Luis Enrique, como tantos y tantos triunfadores en el fútbol de altísima competición, amasó una pequeña fortuna de la que no distrajo un céntimo en aventuras inmobiliarias ni en inversiones de esas que, según dice el camelador de turno, convierten el plomo en oro. Lucho es un hombre austero que vivía para su familia, para el fútbol y para apuntarse de cuando en cuando en alguna de esas pruebas atléticas que exigen una fortaleza enorme a quienes las practican.

Y en ese estatus lo encontró Rubiales, el presidente de la Federación, quien le entregó las riendas de la selección española después de la tocata, la fuga y el despido de Julen Lopetegui, a pocas horas del comienzo del Mundial de Rusia, y de que Fernando Hierro se inmolara al aceptar el encargo de sustituir a quien clasificó a España para el campeonato.

Tenía ofertas económicamente despampanantes de la Premier, pero aceptó la que le hizo Rubiales por dos temporadas, a millón y medio de euros cada una de ellas. El dinero no era un problema, para Luis Enrique el dinero no lo es todo, y aceptó el reto. Empezó bien y sufrió el primer traspié cuando España cayó eliminada de una novedosa competición, la Liga de las Naciones, en la que comenzó con arranque de pura sangre y terminó con parada de mulo.

Después, tras el tropezón, llegó el principio del drama cuando la selección iniciaba la clasificación para la Eurocopa de 2020. España visitaba Malta. Un partido fácil que el seleccionador no pudo dirigir porque la víspera tuvo que salir a toda velocidad hacia Barcelona. "Un problema familiar", dijeron en la Federación, que frente a la insistencia de quienes preguntaban, se 'extendía' en la explicación: "Un problema familiar muy delicado". 

El problema familiar se supo meses después, cuando la pequeña Xana falleció. Desde ese momento, Luis se refugió en su familia y en el ciclismo, su otra pasión. Ya recuperado, si es posible recuperarse de una tragedia así, volvió a tomar las riendas del combinado nacional en noviembre de 2019. Su retorno fue polémico, ya que puso la condición de que Robert Moreno, amigo íntimo suyo y quien heredó su puesto en la Selección, no formara parte de su cuerpo técnico, destruyendo así su relación. 

Según contaron los medios deportivos, el motivo de su ruptura fue personal: el Lucho no le perdona que no le mandara ningún mensaje ni le llamara preguntándole por su estado u ofreciéndole ayuda tras la muerte de su hija. Tampoco que Robert no se acercara a visitarle a su hogar o al hospital, siendo consciente de la profunda tristeza que sentía. Fue una traición para él.

Pero esta ruptura ya ha quedado en el olvido y Luis Enrique lleva meses preparando lo que este lunes se comenzó a ver sobre el césped de La Cartuja, en Sevilla. España comenzó con un empate su andadura en la Euro de la mano del asturiano, quien sigue pensando que su selección es "una de las favoritas". Como siempre, el verde dictará sentencia.

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