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Ana Obregón, en el aniversario de la muerte de Aless: "Me morí el día que se fue mi hijo, pero sé que voy a renacer"

Se cumple un año de la muerte de Aless Lequio, el hijo de Ana Obregón y Alessandro Lequio. Coincidiendo con este trágico aniversario, la actriz concedió una entrevista a Vanity Fair en la que se sincera y expresa sus desgarradores sentimientos tras el peor año de su vida.

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Como siempre, todo tiene un principio. Así fue el momento en el que su hijo le comunicó que le habían detectado la enfermedad. "El cáncer es una enfermedad muy cruel. Muy cruel. No se me olvidará cuando hicieron la biopsia y nos dijeron que era malo. Aless entró en mi cuarto y yo estaba sentada en la cama, con un cigarro. Me dijo: 'Mami, han llamado del hospital. Es malo. Es cáncer'. Y yo contesté: 'No pasa nada, hijo'. Me acuerdo que preguntó: '¿Me voy a morir?'. Le respondí: 'No'", recuerda.

En aquellos momentos, les ayudó el doctor Josep Baselga, el entonces director del Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York y fallecido hace tan solo un mes, que les aconsejó que se fueran para allá. "Me dijo: 'Trae una biopsia', y en dos días organicé todo. Una madre no sé de dónde saca la adrenalina. Veía al padre, pobrecito, llorando por las esquinas. Yo no eché ni una lágrima. No podía. Tenía que salvar la vida de mi hijo. Fui al Ramón y Cajal y pedí la biopsia. Me decían que no se podía. ¡Me la dan! Me la llevé en el bolso, con una nota del médico porque pensé, a ver si se creen que es un arma biológica. Y allí estuvimos siete meses los dos solitos. El padre vino algunas veces porque estaba trabajando. Si no, él y yo. Éramos como un espejo que nos íbamos dando fuerza el uno al otro".

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Tras dos meses allí, a Aless le hicieron los TAC, la resonancia y les dijeron que el tumor se había reducido un 90%. "Y ahí me puse a llorar. Entonces mi hijo me dijo: 'Oye, mamá, no dramatices'. Cuando volvimos a España aún le quedaban cuatro meses de quimio. En febrero de 2019, hicimos todas las pruebas y limpio".

Ana confiesa que fue la mayor felicidad de su vida. "Ahí es cuando conocí la verdadera felicidad. Le salió pelo, venga a dejarse barba. Estaba orgulloso. Yo fui tan feliz. Joe, madre mía, qué felicidad. Fueron los ocho meses más felices de mi vida". Sin embargo, todo cambió poco después: "Entonces cada tres meses le hacían pruebas. La ITV, lo llamaba él. Y desgraciadamente en septiembre descubrieron que el cáncer había vuelto", cuenta.

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Su sufrimiento es tan fuerte que reconoce que ni siquiera se ha enterado de la pandemia del Covid-19: "Yo de la pandemia no me he enterado. Ahora la gente tiene miedo a la vacuna. Y yo pienso: '¡Madre mía!'. Que les digan a los enfermos de cáncer el veneno que les están metiendo en el cuerpo, que ni te lees los efectos secundarios. La muerte es lo de menos", señala.

Asimismo, la bióloga asegura que está muy unida a Alessandro Lequio, quien le visita a menudo. "A él no le tengo que explicar mi dolor. Viene todas las semanas y le preparo el plato favorito de Aless: albóndigas con tomate y arroz. El otro día se comió 24. ¡24! Le dije: 'Te vas a poner malo'", dice. Más allá de las visitas de sus hermanas, padres y de algunos amigos, Ana pasa mucho tiempo sola. Es lo que ella quiere: "No me quiero distraer con falsedades. Quiero vivir mi duelo dignamente y como se merece".

Preguntada sobre si ha pensado en acudir a profesionales, ella lo niega: "No, no. Ni psicólogo, ni pastillas, ni nada. El ejemplo de luchar por uno mismo me lo ha dado mi hijo", y da sus motivos para no medicarse: "Porque tengo que hacerlo sola y poco a poco sé que lo voy a conseguir. Es como cuando voy a casa de mis padres, bebo un poquito de vino en la comida y veo que estoy un poco mejor. Estoy en un momento muy vulnerable. Si yo empezara ahora con el vino o las pastillas, no me los quitaba nunca", explica.

"Mi dolor es su dolor, porque él quería vivir. Amaba la vida. No voy de víctima 'ay, pobrecita', no. Me duele su dolor de no estar aquí. La persona más vitalista que he visto nunca", añade Ana, que lanza una durísima afirmación: "Me morí el día que se fue mi hijo. Me morí. Sé que voy a renacer, pero estoy muerta. Aunque por otro lado, fíjate, me siento muy libre porque ahora no tengo miedo a nada"

En su charla con el medio, también cuenta cómo consiguió dar las campanadas de fin de año sin derrumbarse. "No entro en mi clóset desde hace 11 meses. Hay días que no tengo fuerzas ni para ducharme. Hasta que di las campanadas vivía como flotando en la nada", rememora.

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Obregón desvela que fue sugerencia de su representante y amiga Susana Uribarri, que tardó varios meses en convencerla. "Me lo propuso a finales de agosto y pensé que sería imposible. A mediados de noviembre dije que sí. Encontré que había una forma de transformar mi dolor apoyando desde la Puerta del Sol a miles de corazones rotos por la pérdida de sus seres queridos no solo en esta pandemia, sino también por el maldito cáncer. Sabía que mi hijo me iba a mandar las fuerzas necesarias para transmitir un mensaje de esperanza a toda España. Y así lo hice. Cuando llegué a casa, me derrumbé", sentencia.

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