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Iñaki Urdangarin y la infanta encienden a las presas con sus 'vis a vis': "Cristina, exprímelo que está muy bueno"

18/12/2019 - 9:22

Las visitas de la infanta Cristina a la prisión de Brieva en la que cumple condena su marido son todo un acontecimiento, y no solo por el coche de cristales tintados, los escoltas y los esfuerzos por mantener su presencia en secreto. Los 'vis a vis' entre Iñaki Urdangarin y la hija del rey Juan Carlos son afrodisíacos para las compañeras carcelarias del yerno real: "Cristina, fóllatelo bien que si no lo haremos nosotras, que estamos muy cachondas y él está muy bueno", gritan.

Al parecer, lo hacen tan fuerte que los gritos se escuchan incluso desde el exterior de la prisión. Según Pilar Eyre, las compañeras de Urdangarin se lo pasan en grande con cada visita de la infanta Cristina: "Te lo cambio por mi hombre", "Yo te lo cambio por dos", "Ha llegado Cristina para follarse a su chorbo", "Cris, que tu Iñaki está muy bueno, exprímele", "Déjalo a gusto, que si no aquí estamos nosotras, que pasamos mucha hambre"...

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Los funcionarios de prisiones tratan de calmar a la masa de mujeres ("Venga, ya está, tranquilas") sin mucho éxito. Por suerte, después de año y medio de visitas a Brieva, Cristina está acostumbrada y aseguran que a veces incluso se le escapa una sonrisa: "Menudo tiarrón del norte, Cristina, si todo lo tiene tan grande no te lo acabas en un par de horas", "Di que te dejen más tiempo", "Es un chuletón vasco, no te descuides que nos lo comemos entre todas"...

Tras el 'vis a vis' de dos horas, que se lleva a cabo en una sencilla habitación con dos camas y un pequeño aseo, las presas se despiden de Cristina: "¿Cuántos polvos te ha echado?", ¿Os habéis quedado descansados?"...

El pibón de Brieva

La llegada de Iñaki a Brieva supuso todo un acontecimiento para las presas de la cárcel de mujeres, que trataron por todos los medios de verlo y contactar con él. "Las reclusas se han inventado mil subterfugios para verlo mientas se ducha, de momento sin lograrlo", dice una persona a Eyre. "Antes le ponían mensajes picantes en las bandejas de comida y le tiraban papelitos al patio, aunque ahora está más controlado".







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