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La reina de Inglaterra vive la peor crisis de la institución por el escándalo del príncipe Andrés

25/11/2019 - 18:13

La monarquía británica lucha despiadadamente por su propia supervivencia. El escándalo del príncipe Andrés con el pedófilo Jeffrey Epstein, que quiso borrar con una entrevista en la BBC calificada de "catastrófica" por la prensa británica, solo ha conseguido abrir la caja de los truenos. A ello hay que añadir los actos rebeldes de Meghan Markle y el príncipe Harry.

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El 2019 finaliza para la reina Isabel como el peor año de su reinado desde la separación de Carlos y Diana. Lo último que esperaba la monarca a sus 93 años y al cabo de 68 de mandato, era verse en esta tesitura. Porque ella no necesita más introducción que decir simplemente "la reina". Todo el mundo sabe quién es Isabel II, monarca del Reino Unido de Gran Bretaña, Irlanda del Norte y Mancomunidad de Naciones (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Jamaica, Barbados y Bahamas, entre otras islas). Es la principal figura de unidad de los británicos y una representante ante el mundo.

De la ficción 'The Crown' a la cruda realidad

Los fanáticos de la serie The Crown, que se emite en Netflix, recordarán a la pequeña Lilibet tomando notas del manual, al dictado de su tutor personal, el rector del elitista colegio de Eton. Y cómo, ya de adulta, se insinúa que la cercana amistad de Isabel II con Lord Porchester (conocido como Porchie) llegó a convertirse en motivo de conflicto en su matrimonio. Pero eso forma parte de la ficción.

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La cruda realidad de Isabel II es que a primeros de año, tras el accidente al volante de su marido, Felipe de Edimburgo, retirado de la vida pública por su avanzada edad en el verano del 2018, la propia reina se vio salpicada por la polémica. Primero, porque su esposo y príncipe consorte estrelló a dos mujeres que viajaban en una camioneta con un bebé de 9 meses. El incidente no pasó a mayores pero el anciano, de 97 años, recibió críticas por no disculparse y unos meses después tuvo que renunciar a su permiso de conducir. Después se supo que la reina y su consorte llevan prácticamente vidas separadas y que Felipe recibe aún ocasionalmente en Sandringham a sus amigas de toda la vida.

Pronto volvió a torcerse el año con las dificultades crecientes de Meghan Markle para encajar en la familia real, con su enfrentamiento con Kate Middleton y con su papel en el distanciamiento cada vez mayor entre Enrique y Guillermo. La esposa americana del príncipe Enrique reafirmó su "independencia" renunciando al palacio de Kensington -compartido con Guillermo y Kate Middleton- y refugiándose en el lejano chalé de Frogmore, en las cercanías del castillo de Windsor, previa reforma estimada en 2,8 millones de euros con cargo al erario público.

Más adelante, Meghan y Harry comenzaron a actuar a su aire: se saltaron las tradiciones de la monarquía y parecen más unas celebridades de Hollywood que miembros de la realeza. Incluso rompieron la regla familiar tácita de no ventilar los asuntos privados en público. Salieron en un documental a hablar de lo difícil que ha sido la llegada de Meghan a la realeza, compararon su situación con la de Lady Di y anunciaron que no van a quedarse de brazos cruzados. Como si fuera poco, hace unos días anunciaron oficialmente que no pasarán la Navidad con la reina, una tradición hasta entonces incuestionable.

Ojo, hay que tener en cuenta que en Gran Bretaña hay dos realidades paralelas en el debate público, cuando de su casa real se trata. Las instituciones, los políticos y la clase media acomodada y alta hablan de ella como si todo estuviera en su sitio. El ciudadano de a pie debate, con el mismo ardor que si se tratara del Brexit, si Kate Middleton, la duquesa de Cambridge y esposa del príncipe Guillermo (segundo en la línea de sucesión), es más elegante o está más a la altura de las circunstancias que Meghan Markle, la duquesa de Sussex.

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'Me too' contra el duque de York

Pero el caso del príncipe Andrés no es una cuestión de estilo ni un asunto menor. La relación del duque de York con el millonario y pedófilo Epstein, mantenida hasta 2010 con su famosa escapada a Manhattan cuando el magnate ya había sido condenado por primera vez, siguió persiguiéndole desde entonces y se reactivó en agosto pasado, cuando el financiero fue encontrado muerto en una celda de la cárcel neoyorquina. Ahora hay una investigación penal en marcha en Estados Unidos y una víctima de la red de "esclavas sexuales" de Epstein, Virginia Giuffre, asegura que fue forzada a mantener relaciones sexuales con el duque de York cuando ella apenas tenía 17 años. Mucho cuidado, porque existe una nueva realidad que no debemos menospreciar: la combinación de las redes sociales con una sensibilidad acrecentada en torno a todo lo que tenga que ver con los abusos sexuales hace que este desgraciado episodio suponga más lastre para la monarquía que mil adulterios, infidelidades o salidas de tono.

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Tal vez pensó que iba a aprovechar un espacio reivindicativo y que su imagen iba a salir fortalecida, pero terminó en "el mayor error de comunicaciones de la historia de la familia real", según uno de los antiguos asistentes de la reina. En efecto, a las preguntas sobre su relación con Epstein o sobre las acusaciones en su contra, el príncipe dio respuestas ambiguas, se salió por la tangente y mostró poca fuerza a la hora de condenar a su antiguo amigo. La entrevista fue tan desastrosa que unos días después, Andrés renunció a sus deberes en la familia real y anunció su retiro de la vida pública. Además, su madre ha cancelado los fastos que se estaban organizando con motivo del 60 cumpleaños de su favorito, que será celebrado con una cena familiar íntima y discreta.

Su ex, Sarah, está detrás

El príncipe Andrés siempre ha sido el hijo predilecto de la reina, por encima del propio Carlos, de su hija Ana y del pequeño, Eduardo. Su intervención como piloto en la guerra de las Malvinas (abril-junio de 1982) le convirtió brevemente en un héroe nacional, hasta que llegó el momento de buscarle una ocupación pública. Ahí empezaron los quebraderos de cabeza para su madre por mezclar los negocios con sus asuntos personales: desde su temprana relación con la actriz erótica Koo Stark hasta su amistad con el hijo de Muammar Gadafi, Saif, mientras ejerció como embajador comercial del Reino Unido entre 2001 y 2011. Ahora, después de la catástrofe que ha supuesto la entrevista a la BBC del príncipe Andrés, el palacio de Buckingham se ha apresurado en cortar fuegos para evitar más daños a su imagen pública. El duque de York ya no podrá contar con su propio despacho en Buckingham, como disfrutaba hasta ahora. "El duque seguirá trabajando en su proyecto, la plataforma para emprendedores Pitch@Palace, y analizará cómo puede seguir impulsándolo fuera del ámbito público y fuera del palacio de Buckingham", ha asegurado un portavoz de la casa real. Al mismo tiempo, el entorno de la reina ha decidido despedir de inmediato a Amanda Thirst, la mano derecha de Andrés, quien aconsejó al duque de York de que acudiese a esa entrevista televisada, con la esperanza fallida de que una entrevista televisiva le ayudaría a dejar atrás el escándalo Epstein.

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Otro detalle que ha llamado la atención es el silencio de las princesas Beatriz y Eugenia, así como el de Sarah Ferguson. Una fuente cercana al palacio de Buckingham aseguró al diario británico Daily Mail que el duque de York confía mucho en Fergie y ella lo habría convencido de que hablara públicamente sobre el caso Epstein.

Otro annus horribilis

Hace 27 años, 1992 fue bautizado por la propia Isabel II como annus horribilis, cuando el príncipe Andrés anunció su separación de Sarah Ferguson, la princesa Ana consumó su divorcio y el biógrafo Andrew Morton sacó a la luz los trapos sucios del fallido matrimonio entre Carlos y Diana, semanas antes del devastador incendio del castillo de Windsor. Pero los mayores errores de Isabel II ocurrieron cuando su radar no supo captar el clima de opinión popular. La lección más recordada es la de la trágica muerte de Lady Di en 1997. La escasa sensibilidad mostrada por Buckingham ante la muerte en un accidente de coche en París de la 'princesa del pueblo' provocó un serio cuestionamiento de la monarquía.

Tal vez por esa conciencia de lección aprendida, en esta ocasión, el verdadero responsable de que The Firm ('la empresa', como se conoce a la familia real británica) sobreviva indemne al siglo XXI, el príncipe heredero Carlos de Inglaterra, no ha mostrado piedad en despojar a Andrés, su hermano menor, de su salario público (la reina Isabel le asignó un salario por sus funciones públicas como miembro de la familia real de casi 250.000 libras-291.000 euros), por lo que ahora se quedaría solamente con la pensión de 20.000 libras -23.000 euros- que recibe de la Marina como jubilación. También le habría alejado de las casi 200 organizaciones caritativas que encabezaba en nombre de los Windsor. Claro que compañías como el gigante de las comunicaciones British Telecom, la auditora KPMG o la farmacéutica Astrazeneca ya habían anunciado su intención de dejar de colaborar con los proyectos de Andrés.

Esos 23.000 euros son insuficientes para el alto tren de vida que lleva el príncipe, que ha sabido rodearse muy bien durante toda su vida de influyentes y ricos amigos. Andrés vive en una vivienda de la corona inglesa en Windsor Great Park, una casa de 30 habitaciones que sigue compartiendo con su exmujer, Sarah Ferguson, con la que mantiene una extraña relación de idas y venidas. En 2014, el hijo de la Reina se gastó 75.000 libras -87.500 euros- en reformar la mansión.

Pero lo mejor es que ese mismo años se compró un chalet en el complejo suizo de Verbier que le costó 13 millones de libras -15 millones de euros-. Además de tener un buen patrimonio inmobiliario, a Andrés le gusta darse algún capricho personal que otro. En 2015 fue visto luciendo un reloj de Apple de 18 quilates valorado en 14.000 euros, y conduce un Bentley, uno de los mejores coches del mercado. La prensa británica se pregunta de dónde saca el dinero el príncipe para llevar este elevado tren de vida, pues el salario de la corona no le daría para tanto. No obstante, durante la primera década de los 2000, fue enviado comercial del Reino Unido a diferentes países, sobre todo árabes, un cometido que parece que usó en beneficio personal.

Una reina muy trabajadora

Se dice que la popularidad de la monarquía en el Reino Unido es prácticamente universal, en un momento en el que se cuestionan el resto de las instituciones y más con el tema del Brexit. Este éxito se debe fundamentalmente a las cualidades personales de la reina: es muy trabajadora, dedicada íntegramente a su puesto, políticamente neutral y con un sentido perfecto de lo que la gente espera de ella. Y ha sido así desde el día de su coronación.

Aquel día, Isabel II tenía veintiséis años y dos hijos, el príncipe Carlos (nacido en 1948) y la princesa Ana (que llegó al mundo dos años más tarde) a los que se unirían después el príncipe Andrés, duque de York, en 1960 y el príncipe Eduardo, conde de Wessex, en 1964. Desde el momento en que asumió la responsabilidad de ser reina, Isabel II demostró su gran capacidad para el trabajo.

Cada mañana lee minuciosa todos y cada uno de los asuntos importantes para el mundo y muy especialmente para su país. Después discute sobre los mismos en busca de una postura propia de su dignidad. Una vez a la semana se reúne con el Primer Ministro y sigue minuciosa cada una de las incidencias que han de ser tratadas. Da igual que sea periodo vacacional, Isabel II es infatigable en lo que ella considera su sentido del deber. Bien distinta es su biografía íntima, la que descubre cómo es Isabel II en las distancias cortas, según su biógrafo Kenneth Rose, quien la describe como una mujer fría y distante, especialmente con su familia.

Este 2019 nada tiene que ver con el anterior, 2018, cuando la boda de Enrique y Meghan disparaba a la monarquía británica a las cotas más altas de popularidad de las tres últimas décadas. Pero en el discurso de apertura del Parlamento británico, el pasado 14 de octubre, la reina ya daba muestras de una cierta debilidad que hasta ese momento nunca se habían mostrado públicamente: no llevaba puesta la corona de Estado, sino que un ayudante la portaba en todo momento, siempre a su lado. El símbolo de la autoridad real pesa cerca de un kilo, demasiado para su frágil cuello. Y el heredero, Carlos de Inglaterra, posó junto a ella en todo momento.

Isabel II se ha convertido en la monarca británica más longeva de la historia, al superar a su tatarabuela, la reina Victoria y al rey Jorge III, y ha logrado estar en el trono cuatro años más, de momento, que su antecesora, que reinó durante 64 años. Pero empieza a cundir la preocupación de que la reina ya no tiene todo el control sobre la familia real y, lo que es peor, sobre su propio papel institucional. ¿Logrará salvar la corona Isabel II y salvarse a sí misma una vez más?

El príncipe Carlos no tiene el toque de seguridad que tiene su madre, pero el príncipe Guillermo, su primogénito, ha dado señales de tener el tacto y la sensibilidad de su abuela y se ha casado con "una mujer inteligente y con ideas muy firmes", en opinión de los británicos. Habrá que ver si esta vez, como tantas otras en el pasado, la familia real inglesa se recupera y revierte una situación adversa.







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