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Luces y sombras de Ira de Fürstenberg: de su sonado romance con Rainiero de Mónaco a la misteriosa muerte de su hijo

Polifacética, talentosa, empoderada, sofisticada, educadísima... Ira de Fürstenberg ha sido una de las grandes personalidades de la alta sociedad europea. Nacida de la sangre azul del príncipe Tassilo von Fürstenberg y la heredera millonaria Clara Agnelli (familia Fiat), protagonizó su primer escándalo a los 15 años, cuando se casó con Alfonso de Hohenlohe-Langenburg, el impulsor de la época dorada de Marbella.

Dos maridos y 'un' amante

El empresario le doblaba la edad, literalmente: él tenía 31 años el día de su boda en 1955. El príncipe germano-español y su jovencísima esposa abandonaron Venecia para instalarse en Marbella con un sueño común: convertirla en el epicentro del glamour y el lugar de encuentro de la jet set en la década de los 60. "Marbella era una fiesta salvaje de la que entrabas y salías con personas distintas. Una noche podían ser los Franco o los Bismarck. Otra Cayetana de Alba", dijo Ira en una entrevista.

Tras dar a luz a sus dos hijos, Christoph y Hubertus, Ira descubrió que la vida tranquila y sumisa no era para ella y se dejó querer por Francisco Baby Pignatari, un rico empresario brasileño con el que se fugó a Florencia. Acusados de adulterio, fueron detenidos en México y tras conseguir sus respectivos divorcios, se casan en Las Vegas y se establecen en Brasil: "Irme con Baby fue una liberación para mí. Pignatari me ayudó a cambiar la vida que llevaba, en la que siempre estaba a la sombra, era la mujer de constantemente. Si no hubiera aparecido, nunca habría tenido la fuerza suficiente para dejar a Alfonso y volver a empezar. Creo que Baby fue el hombre mi vida".

Este segundo matrimonio tampoco funcionó: ella tenía 20 años, él 45. Se divorciaron en 1964 y ella juró no volver a casarse. Tuvo amantes. El más conocido de todos, Rainiero. El príncipe de Mónaco se enamoró perdidamente de Ira e incluso le pidió matrimonio tras enviudar de la princesa Grace. Causaron sensación al aparecer del brazo en el baile de la Cruz Roja de Mónaco y otros actos sociales de alta enjundia.

El alma de todas las fiestas

Ira había aprendido la lección y quería disfrutar sin compromiso. Su popularidad subió como la espuma y probó suerte en el mundo de la interpretación, actuando en películas como No desearás al vecino de quinto y No desearás a la mujer del vecino (con Alfredo Landa) o Cinco muñecas para la luna de agosto. "Estoy a favor de que las mujeres puedan hacer todo lo que quieran, que no haya barreras para ellas. Pero a veces tengo la sensación de que ahora se han vuelto demasiado agresivas. Yo tengo mi carácter, soy una mujer fuerte, pero siempre mantengo mi feminidad", decía Ira.

También conquistó el mundo de la moda y acaparó portadas en Vogue, posó para Helmut Newton y se convirtió en una de las amigas más cercanas de Karl Lagerfeld. También trabajó para Valentino y Chanel.

En la década de los 90, ya con 50 años, Ira dio un giro a su vida profesional y entró en el mundo del diseño. Sus creaciones son artesanales y exclusivas y van desde joyeros a centros de mesa. Ha expuesto su obra en las principales capitales del mundo (París, Londres, Nueva York, Hon Kong) y se venden a precio estratoférico en la alta sociedad en la que se mueve como pez en el agua. Entre sus clientes está Corinna Larsen, que le compró en 2011 un pequeño frutero que le regaló al rey Juan Carlos: "He sido una mujer curiosa, insatisfecha por naturaleza. De esas que, cuando ha conseguido algo, deja de intere-sarle. Supongo que es algo malo, pero soy así".

La muerte de su hijo

La vida de Ira, sin embargo, no fue siempre una fiesta. Los mayores desvelos los sufrió como madre. Primero, al divorciarse de su primer marido y padre de los niños. El juez concedió la custodia compartida de los menores, que vivían seis meses con su madre en Brasil y otros seis con su padre en España. Sin embargo, Alfonso desobedeció la sentencia y en uno de esos periodos, los niños jamás llegaron a cruzar de nuevo el Atlántico. Ella los veía, pero jamás pudo recuperarlos: "Aquello fue muy duro para mí porque Alfonso no cumplió la sentencia de los tribunales".

Años después, se reestablecieron relaciones, se recuperó la cordialidad. Y entonces, Ira sufrió el mayor dolor que puede sufrir una madre: la muerte de su hijo. Kiko, como llamaban a Christoph, falleció en una cárcel de Tailandia. Había viajado para ingresar en una clínica de adelgazamiento tras haber engordado unos kilos en Manila. Al querer abandonar el país, fue acusado de alterar la fecha de caducidad de su pasaporte para evitar gestiones e ingresó en prisión, donde contrajo una infección que resultó mortal. La familia no quiso dar detalles sobre lo sucedido pero según el diario Corriere della Sera, el certificado de defunción de Hohenlohe habla de un "colapso simultáneo de varios órganos causado por una septicemia" (una infección generalizada de la sangre) y "acumulación de ácidos cetónicos", algo normalmente vinculado con la diabetes. "Fue muy duro. Kiko me falta enormemente. Le gustaba mucho Bangkok, me ayudaba a comprar material para mis objetos y me daba ideas. Me acompañaba a todo, era simpático, alegre, especial. Iba con Valentino en su barco a Ibiza y le gustaba mucho Hawai; yo iba a verle allí en verano, luego íbamos a Filipinas, donde Imelda Marcos, que le quería mucho, le daba fiestas. Estaba muy cerca de mi vida", confesó tras su muerte.

Su madre jamás se recuperó de semajante pérdida, que sirvió, eso sí, para unirla todavía más con Hubertus, con el que pasaba largas temporadas en Marbella. Maravillosa también la relación con su nuera, Simona Gandolfi. "Con Kiko mantuve una relación muy agradable hasta que murió. Con Hubertus siempre ha sido diferente... Nos llevamos bien, pero no ha sido siempre así. Creo que no me perdonó que los dejara para irme con Pignatari, quizá porque en ese momento era muy pequeño".

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