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Sylvia Kristel, un mito erótico diez años después de su muerte y 48 después de Emmanuelle

Este 18 de octubre se cumplen diez años del fallecimiento de Sylvia Kristel, uno de los mayores mitos eróticos de la historia del cine tras protagonizar Emmanuelle en 1974. La entrevisté en el 2006, cuando vino a Madrid para presentar su autobiografía, y me contó que más de 600 millones de personas habían visto ese filme en el que su cuerpo desnudo despertó verdaderas pasiones, pero que las escenas de sexo oral y orgasmos "eran fingidas". Hablamos de su infancia, que ella calificaba de "infernal", marcada por un padre alcohólico y una madre que detestaba el sexo, y del puritanismo que imperaba en su Utrech natal.

También recordó uno de los episodios más dramáticos de su vida: "Fui violada por un inquilino del hotel que regentaban mis padres. Yo era una inocente niña de nueve años y aquello me traumatizó para siempre. Luego, a los catorce, mi padre nos abandonó y se fue con su amante".

El trauma le llevó a buscar la figura paterna a lo largo de su vida, manteniendo relaciones con hombres mayores. Su primer marido, Hugo Claus, tenía veintisiete años más que ella. Y fue este hombre, un guionista con una cierta fama, el que la convenció para que se presentara al casting de Emmanuelle. Hugo pensaba que, a pesar de las escenas de alto erotismo, la película pasaría sin pena ni gloria. Pero fue todo lo contrario, el éxito resultó mundial. Ella aceptó el papel porque estaba convencida de que el filme sería censurado. Qué equivocada estaba.

Era el año 1974 y en la España franquista cualquier cinta de desnudos sí que sufría los rigores del censor de turno. Por ello, los españolitos de a pie formaban colas en los cines de la localidad francesa de Perpiñán, fronteriza con nuestro país, para disfrutar de los encantos de una mujer que ya era un icono sexual y, en Japón, un mito de masas.

Intentó la aventura hollywoodiense con escaso éxito. Las malas compañías le empujaron a un mundo en el que imperaban el alcohol y la cocaína, y tocó fondo. Y con ello el fracaso vital y profesional. Mantuvo sonados romances con actores como Gerard Depardieu, Roger Vadim, Ian McShane o Warren Beauty. Irónicamente, este último la abandonó porque consideraba que se parecía demasiado a su hermana, Shirley McLane.

De vuelta a Europa, decidió incursionar en el mundo de la pintura y encontró la paz sentimental junto al productor Freedy de Vrie, fallecido en el 2004.

Dos años más tarde, como he contado, nos reunimos en la capital madrileña, en un hotel de la localidad de Pozuelo de Alarcón. Conservaba parte de la belleza de antaño y hablaba con una voz melodiosa y cálida. No se le notaba el drama del mal que la consumía por dentro. Cinco años antes le habían diagnosticado un cáncer de garganta que se estaba convirtiendo en una metástasis. Su fortaleza parecía increíble, pero su dolencia pudo más que sus deseos de vivir. Sylvia me desveló que los dolores, a veces, eran "insufribles", pero confiaba en remontar. "No quiero irme de este mundo tan joven, me queda por recuperar mucho tiempo perdido". Apenas cumplió su deseo durante menos de seis años. El doce de junio del 2012 sufrió un derrame cerebral y cuatro meses más tarde, el 18 de octubre, fallecía a los sesenta años víctima de un cáncer de garganta, pulmón y esófago.

Dejaba un hijo, Arthur Claus, y una hermana pequeña, Marianne, a los que adoraba. Dicen que la maldición de Emmanuelle le persiguió toda su vida. A pesar de todo, hoy sigue siendo el mito erótico de toda una generación.

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