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Conchita Spínola, la madre de El Litri, fallece dos semanas después que su marido: morir de amor

A la viuda de Litri no le ha dado tiempo a tener un mañana, ni siquiera un después de Miguel. El lunes 6 fallecía en su cama de un infarto al corazón.

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Conchita Spínola era una mujer imponente, elegante y discreta, que no misteriosa. Pero como también sabe hacer bien su hijo Miki, se guardaba para su gente, sus amigos y, por encima de todas las cosas, su marido, el maestro Miguel Baéz Espuny, a quien llevaba entregada en cuerpo y alma desde los 18, edad a la que le dio el "sí, quiero".  De él, el gran amor de su vida, se despidió hace apenas dos semanas, en su casa de Velázquez, tras un paseo con su hermana Mamen y su hija Rocío. El gran Miguel, tan grande como persona como torero, se apagó mientras acariciaba a su esposa: "Mejor mujer no he podido tener", se le había oído decir en muchas ocasiones.

Días antes, ambos habían acudido a la boda de su hijo con Casilda Ybarra en la finca familiar de Sevilla. Nada más terminar, Conchita prefirió regresar con su marido, durante años enfermo, para Madrid. En la capital llevaban residiendo desde 2013, año en el que se trasladaron desde Huelva, ciudad natal del diestro, para vivir al calor de la familia, ya que tanto Litri Jr., entonces todavía casado con Carolina Herrera; su hija Rocío, así como sus queridas hermanas, a las que siempre ha estado muy unida -la pintora y mecenas Mayte Spínola, y Mamen-, estaban aquí. A su marido, 20 años mayor que ella -el torero murió con 91- le comenzaban a fallar las facultades, y Conchita, aparentemente tan fuerte, necesitaba estar más acompañada por los suyos.

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Y así seguía tras quedarse viuda el pasado 18, respaldada por toda la familia, tras haber presidido el comité fúnebre, que duró cuatro largos e intensos días, ya que trasladaron el féretro del torero hasta la ciudad de Huelva, que le despidió con todos los honores. Estaba cansada, triste y con la angustia que supone el sentir ese inmenso hueco en la estancia, un espacio que siempre había estado tan lleno "por un hombre a cuyo lado siempre me he sentido protegida y segura", me decía contundente hace apenas cuatro días, sentada en el salón de su casa, tan guapa como siempre. Vestida de luto riguroso, con un jersey de punto y una falda de vuelo a la rodilla, su media melena rubia, Conchita parecía una actriz de Hollywood, del corte de la princesa Grace en su madurez. Serena, afrontaba el futuro pidiéndole a Dios la fuerza para poner aprender a vivir sin Miguel -55 años juntos-, a sabiendas de que iba a estar rodeada de su familia y amigas. Aparentemente bien, salvo algunos dolores fuertes de cuello y brazos, que achacaba a la tensión vivida y la ausencia, ya estaba poniendo la vista en una pequeña intervención de su hija Myriam, a la que iba a acompañar, y en su verano en Punta, junto a su hijo Miguel y sus tres y únicos nietos hasta el momento –"¿sabes que Olimpia fue el otro día por primera vez a Las Ventas?", me comentaba como noticia, aunque en realidad a ella nunca le gustaron en exceso los toros. Conchita sabía que entrar en la casa de la playa le iba a costar mucho, como todo, en realidad, a partir de ahora… Pero no ha habido mañana, ni siquiera un después de Miguel. Antes le sorprendió la muerte en la cama y voló junto a él y todo su pasado. Y sí, efectivamente, se puede morir de amor…

El martes por la tarde, ante la repentina noticia, a dos de sus hijos Miguel y Myriam, no les había dado tiempo ni a llegar todavía al tanatorio de San Isidro. El primero había retomado su luna de miel con Casilda en Roma. Volvía otra vez, por segunda vez -increíble-, ya sin palabras. Más bien mudo, roto… a enterrar a su madre. Myriam estaba en Sevilla. Junto a Rocío Báez, la que estaba en casa estos días, estaban allegados y algunas de sus primas, como Rocío Barreiros y María, con quién colabora en Aquilea; Simoneta Gómez Acebo, hija de la Infanta Doña Pilar de Borbón, a la que tanto querían y admiraban en la familia; Tere, viuda de Juan Pedro Domecq, Fernando Almansa, ex jefe de la Casa del Rey; Adolfo Suárez Yllana y su mujer, Isabel Flores; las Cotoner, los Oriol, también familia… y un largo etc de la alta sociedad madrileña, a la que pertenecía Conchita y de la que se alejó durante muchos años por estar en el campo, que es lo que más le gustaba a Miguel, pilar indiscutible de su vida.

Conchita será incinerada y trasladada a la localidad de Azuaga (Extremadura), de donde proviene la familia Spínola, y donde Mayte, su hermana, tiene un museo con su nombre.

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