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Romy Schneider, lo importante era amar para una mujer que murió trágicamente hace 40 años

Si viviese, Romy Schneider tendría 84 años. Posiblemente sería abuela de David, que murió prematuramente y la hundió en una depresión que solo se acabó con su muerte, o de su hija Sarah, y hasta tendría un Oscar honorífico. Nada de ello se cumplió. Una exposición en París y el documental Romy, femme libre que se presentó en Cannes la devuelven a los titulares 40 años después de su fallecimiento.

Pocas actrices evolucionaron con tanto acierto como Romy Schneider. Es raro ver a un intérprete que soporte tan bien los primeros planos. La madurez, a pesar de fallecer a los 44 años, potenció su belleza cincelada por los desengaños amorosos y los fallecimientos dramáticos.

En su faceta artística, se desprendió del personaje que le hizo famosa, Sisi, para abordar proyectos con más envergadura artística. Porque Romy (hija de la también actriz Magda Schneider) vivía a través de ella lo que siempre quiso ser, una estrella, y Romy se resistía a ese estatus. Quería abandonar esa imagen relamida, casi infantil, para convertirse en una actriz sin miedo a los precipicios interpretativos, ser un vehículo para contar historias que se alejaban de los estereotipos y amores que se tuercen por agotamiento o los desaires de la vida...

Dos años antes de su muerte afirmó: "No soy Sisi. Jamás lo he sido. Soy una mujer rota de 42 años". Lo cierto es que la Sisi reinó en Francia. Se acababa de bajar del avión y conoció a su príncipe, Alain Delon. En su diario escribió: "Abajo, en la escalerilla, había un chico demasiado guapo, demasiado bien peinado, demasiado joven, vestido como un gentleman, con corbata y con un traje exageradamente a la moda. Se llamaba Alain Delon".

Alain Delon la abandona

La primera vez que trabajaron juntos fue en una cursilería que se titulaba Amoríos (1958). La película no era nada de otro mundo. Sin embargo, embelesaron a los espectadores. Pocas veces se había visto a una pareja tan pluscuamperfecta: jóvenes, sofisticados, él dotado de una masculinidad casi contemporánea y ella destilaba una feminidad fresca y nada impostada. Visto desde la distancia, da la impresión de que los cuatro años que duró su relación fueron los más felices de su vida. Orson Welles le dio un pequeño papel en El proceso (1962). Ese mismo año trabajó con Luchino Visconti en Il Lavoro en la cinta Bocaccio'70. Luego viajó a Estados Unidos para participar en El cardenal (1963) y Préstame tu marido (1964). A su regreso,  Romy sufrió el primer zarpazo que arañó su corazón: Delon la había abandonado por otra mujer. Ni siquiera dio la cara, solo una carta manuscrita de despedida y un ramo de rosas.

El trabajo fue su tabla de salvación. Le esperaba Jules Dassin y Marguerite Duras en el guion para rodar Las 10:30 de una noche de verano (1966). Ese mismo año se casó con Harry Meyen, un actor germano con quien tuvo a su hijo David. 

Se reencontró cinematográficamente con Delon en La piscina (1969). En ella, los amantes Marianne (Schneider) y Jean-Paul (Delon) pasan las vacaciones en una casa de la Riviera francesa. Marianne invita a un antiguo amor y a su hija adolescente, Penélope. La tensión sube considerablemente cuando Jean-Paul coquetea con Penélope. Pocas veces aparecieron tan seductores -sería por el sol, por salir mojados de la piscina- y tan complementarios. Esa película fomentó los pensamientos lúbricos de muchos espectadores. En 1975 se volvieron a reunir gracias a Joseph Losey, otro director de postín, en El asesinato de Trotsky. Cuando estaba rodando la película en México recibió la noticia de que su exmarido, Harry Meyen, se había suicidado. Ella se sentía culpable y entró en un proceso de autodestrucción con sucesivas depresiones regadas en alcohol y tranquilizantes.

Lo importante es amar

Siguió trabajando y llegó la película que marcó a varias generaciones, Lo importante es amar (1975). Ese mismo año se casó con Daniel Baisini. El director del film, Andrzej Zulawski, la llevó al límite. El argumento es una absoluta locura: vehemente, con escenas turbadoras, relaciones insólitas y una visión del amor nada idílica sino como una revolución interior que descoloca a la persona más estable hasta llevarle a una enajenación transitoria. Fabio Testi encarna a un fotógrafo free-lance que se cuela en el rodaje de una película porno para grabar las instantáneas de una actriz. Ella le ve y le pide que no se las haga puesto que "es una actriz seria que hace esto para comer". Es un homenaje perturbador sobre el oficio de actor. 

Una de las interpretaciones más estremecedoras y desgarradoras llegó con El viejo fusil (1975), en especial el momento en el que es humillada, vejada y asesinada por los nazis. 

Bertrand Travernier le ofrece La muerte en directo (1980), una crítica salvaje, pero sutil, del poder de los programas de televisión que buscan el morbo. Se podría decir que es el preludio de lo que sucedió después. Habla de un futuro improbable en el que morir es un hecho excepcional. Sin embargo, un cámara conoce a una mujer en estado terminal y decide grabar su ocaso vital. 

En 1981 se rompió por completo. Su hijo David, de catorce años, tropezó en una verja de hierro y se atravesó el vientre y la arteria femoral. Delon explicó la naturaleza de su dolor: "Ella comenzó a morir el día que perdió a su hijo. Aparentaba ilusión por vivir, pero solo lo hacía por dignidad. En la intimidad se derrumbaba".

Al año siguiente firmó su sentencia de muerte por la pena que le inundaba. El 29 de mayo se la encontró en un sillón de su casa. No se le realizó la autopsia, por lo que aún es una incógnita si falleció de un ataque de corazón o de una combinación mortal de alcohol y barbitúricos. Nunca fue una mujer débil, pero sí muy frágil, que es distinto.

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