Estilo de Vida

Esquiar en Sölden, el paraíso austríaco: del pasaporte Covid al forfait

A comienzos de febrero, la magnífica estación de Sölden en el Tirol lleva ya más de tres meses funcionando. Allí, a finales de octubre, se celebra la primera prueba de la Copa del Mundo de esquí con la bajada desde la cumbre del glaciar Rettenbach a tres mil metros de altitud. Pero para llegar, en estos tiempos de confusión y de diferentes normativas según los países, hay que estar atentos para no equivocarse.

Alemania, al igual que España, exige rellenar el impreso digital con los datos de vacunación entre otros, pero están exentos los que vayan a permanecer en el país menos de 24 horas, como era mi caso. Pero en los mostradores de facturación de Air Europa desconocían la exención. Al final, consultaron por teléfono y me dejaron facturar sin pedirme la reserva del hotel u otra prueba.

Al llegar a Munich nadie se molestó en pedir nada. Hasta Sölden son tres horas más en coche. No hay control en la prácticamente inexistente frontera. En el hotel exigían un certificado de vacunación de menos de seis meses de antigüedad o que incluyera la dosis de refuerzo, lo que hace inútil el Pass COVID de la Unión Europea que no la incluye. El de la Comunidad de Madrid, solo en español, sirvió perfectamente.

Todo sea por el privilegio de esquiar unos días en una de las mejores estaciones del mundo a pesar de sus limitados 146 kilómetros de pistas. Sus 33 remontes de última tecnología tienen la fantástica capacidad de 65.000 personas hora, entre ellos el de Giggijoch, una góndola para diez personas que mueve 4.500 personas hora, la de mayor capacidad de los que están en funcionamiento.

El resultado es la ausencia de colas y la posibilidad de subir desde los 1350 metros del pueblo hasta más de tres mil en veinte minutos -hay un teleférico que llega hasta los 3250 metros-. En ningún otro lugar es posible esquiar mayor desnivel en un día. Sus tres picos de más de 3000 metros, con preciosas vistas, permiten descensos de cerca de dos mil metros de desnivel sin amontonamiento en las pistas, excepto en las de los glaciares, en las que los esquiadores tienen que competir con los 'surferos'.

La nieve es de buena calidad, incluso por la mañana debido al buen trabajo de las máquinas. Los 53 euros del forfait diario es un precio razonable. Curiosamente, el descuento para jubilados es a partir de los 80 años. En otro sitio no tendría sentido, pero aquí parece que hay mucho esquiador eterno.

El nivel es alto -los únicos principiantes son los niños- dado que en toda la parte alta de la estación predominan las pistas negras. El que quiera más variedad puede esquiar también -con el mismo forfait, si es para más de tres días- en la vecina zona de Gurgl, a la que se accede en el autobús gratuito y frecuente. En sus 112 kilómetros de pistas se esquía entre los 2000 y los 3000 metros de altitud con buenos desniveles.

Los gestores de Sölden han hecho esfuerzos para tener ocupados a los que quieran descansar del esquí. En la cima del Gaislachkogl, a 3000 metros, se sitúa el '007 Elements' que, como su nombre indica, es un museo interactivo sobre el citado personaje. Consta de nueve salas interactivas en las que se reproducen los gadgets de James Bond, los sets, los coches y la tecnología. En Sölden se rodaron varias escenas de Spectre la penúltima película de la serie. También a pie de pista hay un museo del automóvil y las motocicletas de época, con 500 ejemplares fabricados desde finales del siglo XIX.

En cuanto al aprés ski, no es la vecina Ischgl la Ibiza del Tirol pero no le anda muy a la zaga. El pueblo se anima a partir de las 5 de la tarde y hasta avanzada la noche. Rusos y británicos, de ambos géneros, compiten a ver quién hace más tonterías.

Esquiar en Sölden no es barato. Los hoteles de 4 estrellas andan por los 200 euros la media pensión. Nada es gratuito. Las jarras de agua del grifo colocadas en las mesas a la hora de la cena son debidamente facturadas, en el caso de mi hotel, a 3.50 euros cada una. Los alojamientos son de buena calidad, en la mejor tradición austriaca de hotelería familiar. Merece la pena.

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