Casas Reales

Juan Carlos I vendía regalos no declarados con que le agasajaban: relojes de lujo, Rolls o un Maserati

El libro King Corp (Editorial Libros del K.O.) está dedicado a desvelar el imperio económico de Juan Carlos de Borbón. Firmado por los periodistas Javier del Olmo y David Fernández, la obra es el resultado de una investigación sobre la fortuna opaca del antiguo monarca y el circuito recorrido por las finanzas y el oscuro patrimonio del Emérito.

El capítulo dedicado a Alejandra de Rojas, la supuesta hija secreta del rey levantó un terremoto mediático, al que se añadió el insólito comunicado del propio don Juan Carlos, negando que la hija de los condes de Montarco fuera suya o incluso haber tenido una relación sentimental con "doña Rosario Palacios", como se refiere en la nota a Charo Palacios.

Esta parte del libro eclipsó el contenido del resto de la obra y al parecer distanció a los autores. Uno de ellos estaba en contra de haber adelantado la paternidad secreta del rey, para preservar la totalidad de las contundentes informaciones de King Corp, mientras el otro consideraba que adelantar el tema de presunta hija secreta quemaba el resto del contenido, del que efectivamente, apenas se ha hecho mención a pesar de la relevancia de lo que se cuenta. Las tropelías del antiguo jefe del Estado, practicadas con total impunidad durante décadas, resultan asombrosas a pesar de todo lo que se ha ido sabiendo desde que abdicó hace nueve años en su hijo Felipe de Borbón.

400 relojes de las marcas más lujosas y exclusivas

En el capítulo 18, los autores de la investigación desvelan que una de las aficiones menos conocidas del anterior rey de España eran los relojes de las marcas más lujosas y exclusivas. Su colección estaba cuidadosamente guardada en una estancia cerrada del palacio de la Zarzuela, a temperatura constante y en la que no entraba una mota de polvo. El rey reunió en ella más de 400 piezas perfectamente ordenadas en cajas especiales, con dispositivos giratorios que simulaban el movimiento de la muñeca.

La mayor parte de esta extraordinaria colección procedía de regalos de jeques y mandatarios de los países del Golfo Pérsico que, tanto el rey como en ocasiones doña Sofía, traían al regreso de sus viajes por aquellos países. Otras de estas piezas de relojería de lujo, procedían de regalos de empresarios españoles. En un registro de la UDEF, en la casa y los despachos de la Rumasa de José María Ruiz Mateos aparecieron listados de personalidades a las que el empresario gaditano, fallecido en 2015, hacía regalos suntuosos, presumiblemente, para obtener algún favor. En tres de esos listados figuran la reina Sofía y sus hijas la infanta Elena y la infanta Cristina.

Sin embargo, a pesar de que por su alto valor los relojes donados al monarca debían ser declarados e inventariados como regalos de Estado, nunca han figurado en los documentos oficiales del Patrimonio Nacional. Nunca fueron declarados. Nunca han existido oficialmente.

El rey de España, según King Corp, aceptó prebendas de magnates y financieros a cambio de favores. Juan Carlos I se permitía también venderlos cuando necesitaba liquidez y lo hacía a través de Aldao, propiedad de sus amigos los García-Lubén, su joyería de confianza durante décadas y donde también compraba las joyas que le regalaba a su amante Corinna Larsen.

Los joyeros se llevaban de Zarzuela los modelos que el rey quería vender y el dinero de la venta pasaba a la cuenta de don Juan Carlos en la joyería de la Gran Vía madrileña. Con el dinero de ese fondo, el monarca hacía regalos, como las esmeraldas de 250.000 euros que le regaló a Corinna, o bien retiraba liquidez para pagar sus viajes, restaurantes y otras compras de lujo, evitando así usar su asignación oficial. Los periodistas Del Olmo y David Fernández aseguran que el rey llegó incluso a vender bienes inventariados que no eran suyos sino de Patrimonio.

Además de relojes de lujo y otros bienes, el ex monarca mercadeó con otros regalos de alto valor que le habían obsequiado. Como el coche de lujo, regalo del nuevo rey de Arabia saudí, Abdalá Bin Abdulaziz, un Hummer amarillo, modelo H2, todo terreno, valorado en más de 100.000 euros, que dos años después vendió por 80.000 euros a su amigo y compañero de cacerías, el empresario Arturo Fernández, presidente de la CEIM hasta que el Grupo Cantoblanco tuvo problemas económicos. También vendió en los años 80 a Fernández un Maserati valorado en 150.000 euros, regalo de un jeque árabe. El propio Arturo Fernández reconoce en el libro que pagó por el coche 100.000 euros y que aún lo conserva entre los ejemplares de su colección.

En 2008, Juan Carlos I era el propietario de un Rolls Royce modelo Phantom Drophead Coupé, un deportivo descapotable, entre los más caros del mundo, cuya procedencia estaría en una importante donación económica saudí, nunca declarada oficialmente. Dos años después, el empresario Juan Miguel Villar Mir, presidente de la constructora OHL, compró esa joya automovilística, pero se desconoce lo que pagó por ella.

Las finanzas secretas de Juan Carlos I siguen sorprendiendo, así como la habilidad del antiguo monarca, para comercializar las prebendas recibidas a cambio de favores. 

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