Casas Reales

Victoria Federica Marichalar Borbón, la pesetera: tu nombre me sabe a hierba (seca)

Porque te quiero a ti, porque te quiero, me gustaría cantarte, Victoria Federica Marichalar Borbón, una canción. Pero se hace difícil quererte.

Porque la hija de la infanta Elena cerró hace algún tiempo su puerta una mañana y echó a andar hacia el dinero fácil, la antipatía desagradable, la frivolidad inapreciable y la desvergüenza pecuniaria. La hija de Jaime de Marichalar, la nieta del rey Juan Carlos, es a sus 22 años una famosilla de medio pelo, carne de portada pagada, mercancía de photocall patrocinado y exhibe una arrogancia desmedida. A ver si te enteras: te llaman a las fiestas y te fichan para eventos, y eres imagen de cosas porque su presencia lleva a la prensa y hace que los medios recojan tus andanzas y salgan de fondo las marcas en prensa y televisión. O sea, sé más educada con los periodistas.

La persona que ocupa la quinta plaza en la línea de sucesión al trono no es ejemplar en casi nada, si acaso como influencer, y hasta reniega de serlo Su brillo más visible es el de los vestidos que le prestan. Vicmor hace uso de sus apellidos para llenar sus bolsillos con vanidad pueril y con las monedas y los billetes que llevan la cara de sus familiares.

Nunca ha tenido que ganarse un plato de comida, y es tan pazguata que se cree sus propias mentiras: debe pensar que los organizadores de las fiestas a las que le pagan por ir la reclaman y admiran por su clase, su elegancia, su belleza sin igual, su fabulosa cultura y por el apabullante nivel intelectual de su conversación. Pero no es así. No estaría en ninguna si no fuera quien es.

La hermana de Froilán  es más superficial que una encimera y tal vez por esa incapacidad para la reflexión que observamos en ella no caiga en que los aplausos que recibe son hipócritas e inmerecidos, tan impostados como las sonrisas que le ponen quienes alquilan su imagen y su presencia, tan inmerecidos como los halagos que embadurnan el ego de esta niñata real, sumergida en las babas de lameculos y buscadores de oro.

Pero Victoria Federica es joven y eso significa que puede rectificar, que dispone de tiempo para madurar, de hacerse un sitio en la sociedad, de dar sentido y utilidad a la mucha vida que le queda por vivir. Ojalá alguien de su familia o de su entorno le haga entender que debe aprovechar los privilegios de su noble posición no para monetizar su estrafalaria fama sino para dar sentido a su existencia, ser digna representante de su augusta familia, desarrollar una carrera profesional seria, fundada en una sólida formación, en el trabajo, en el esfuerzo, en un comportamiento sin tacha.

Será más feliz así que prestándose a lamentables actuaciones públicas, como asistir a un acto solidario con niños que padecen complicadas enfermedades cobrando un dinero y poniendo cara de persona con conciencia social.

Porque cobraste, querida Victoria Federica, por dejarte hacer fotos con niños en brazos, criaturas en tratamiento. Y, aparte de que no tuviste la prudencia de ponerte la mascarilla como es debido, tuviste el cuajo de interpretar el papel de aristócrata caritativa y solidaria que se preocupa desinteresadamente por bebés con problemas. Tu nombre, querida, me sabe a hierba, pero no a la hierba del que huele a amor y a juventud, a hierba seca, de la que usa cualquiera en el campo en un momento de apuro.

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